Aventura

by con el viento en las velas

Una noche huí de la casa,
el piso donde cinco almas
vivíamos unidas
para siempre.
Perplejo por estar vivo todavía,
por comprender
sin el alivio del remedio.
Cansado del ruido,
de las disputas —el rayo
y el trueno en la propia casa
y el silencio como el hielo
y todo lo tuyo que callas—, ­
de la luz cegadora en el salón,
en la cocina, en el pasillo.
Tanta luz, tantas voces.
Un sencillo ‘Ahora vuelo’
fue dicho sin ser sentido
o, más bien, se le consentía
a quien poco había que reprochar.
Salí sabiendo que volvería.
Liberación de caminar de noche
entre los árboles, igual
que de caminar
desnudo a plena luz por el campo
—el sol en la vid y el aire
caliente en la piel.
No se vuelve a ser el mismo después:
algo se abre
y nunca más vuelve a cerrarse.
En lo más profundo de los pinos,
adonde sólo se va a propósito.
Recuerdo la certidumbre
de pertenecer a ese lugar,
mi silencio al descender,
los troncos altísimos crujiendo
y meciéndose como mástiles
a punto de zarpar, las copas
oscuras entreabriendo el cielo,
y el suelo como pisar
sobre sacos vacíos
o sobre maraña,
o como abrirse paso a través de un moral.
Tendido en el suelo
en mis ojos cerrados flotaba
el mundo y la vida seguía su curso.
Todo lo que he perdido
anda por allí,
entre los pinos, las picarazas y las abubillas,
un puñado de huesos
sueltos, esparcidos, solitarios,
indescifrables sin su engarce original.
Quien haya vivido sabrá
verlos, leer en ellos como en la palma
de la propia mano, y no decir
y sí callar al irlos señalando
con el dedo silencioso que sigue, traza o crea
de la nada un itinerario
removiendo cosas olvidadas.

Advertisement