Paciencia
by con el viento en las velas
Desde mucho antes de nacer,
la vida general de todos
y la de cada uno en particular
está condicionada por pequeños detalles de nada
y por verdaderos hechos mayores.
Ocurre tanto y tantas cosas
que no existe nada
que decir pueda:
‘Fuera estoy de todo radio de acción’.
Lo primero son dos cosas.
Poder no estar aquí, que es casi del todo nada,
y (como fijación personal) el grito
enajenado de las golondrinas en primavera.
Luego está el hecho de ser y ser educados.
Básicamente
ciertos modos de ser y de estar,
alguna certeza en la que apoyarse provisionalmente
y las promesas que habitualmente se desprenden,
con sus matices y sus claroscuros.
Y a partir de ahí ya se es para siempre
todo eso que somos.
Querido por ser nuestro, sin otra oportunidad,
sin que importe, en adelante
viviremos de un dilatado y neutro apremio.
Tiempo después,
cuando ya no nos acordemos,
en un instante
se olvidarán tantas cosas.
Y lo mismo tanto más quedará pendiente,
a cada momento abandonado
sin razón, o por falta de fe o de voluntad,
o por cualquier otra obligación,
por lo demás peregrina y marcesible.
Habrá lugar a lo largo y ancho para abrir
la boca muchas veces.
(No es bueno que el hombre esté solo.
Qué bien se está cuando se está bien.
Conócete a ti mismo.
É solo il vento a sapere dove
va il surf e il surfista.
Quiero verte siempre.
Una luz se ha encendido en esa habitación.
No disparéis, soy gente).
Alguien escribirá que quien ha sonreído
está salvado. Uno, antes, dirá
que todo hombre termina matando
aquello que ama.
Otro vendrá para advertir que el tiempo
es esférico (no hay salida).
Y en su culminación de personaje
de novela, alguien deseará
‘nostálgicamente el frescor de un poco de agua
japonesa sacada de un pozo’.
No sé, es posible
—escucha uno tantas cosas.
Veremos qué pasa.
Una sencilla pregunta (adónde se fue la voracidad,
qué tiene un objeto que lo guardamos)
será un pozo sin fondo.
Y la evidencia más simple
(una rosa en un vaso sólo es una rosa en un vaso
—qué tendrán las rosas que dan tanto que hablar)
será como si estuviera por encima
de todos nosotros inaccesible
en una especie de crepúsculo ultraterreno.
Y ya en otro plano, poniendo a prueba
la elasticidad de las probabilidades en principios
y perspectivas diversos:
el iusnaturalismo, el centro de la tierra
(¡y los tripulantes de la MIR!),
la estela de un cometa, la cadena del ADN,
la contaminación ambiental,
no haber chocado (ni rozado siquiera)
con la ruina de meteoro como estaba previsto
o, simplemente, algo en el aire
que se huele y todavía no está del todo.
Las cosas son como son, quién lo duda.
Y nosotros, por lo heredado,
por lo adquirido, también somos como somos
y estamos donde estamos.
Pero al final dónde terminaremos,
cómo acabaremos,
no sabemos asegurarlo todavía.
Algo nos olemos,
pero quién no tiene puestas esperanzas.
En cualquier caso, sea cual sea el resultado
de la suma y la resta de las partes,
será poco a poco y por múltiples razones.
Las raíces son muy profundas.
Pero la pasta de que estamos hechos
hace que vayamos muy por detrás de nosotros mismos.
Tan lejos, tan cerca. Paciencia (y tiempo).
Reflexionas como un niño de pueblo, suave pero con hondura. ¡Y las referencias tan claras y pertinentes a la ‘realidad’ tienen el aroma de nuestro bien amado solitario viajero muerto en Bangkok!
Delicioso.
Gracias, Jose. Me gusta lo de niño de pueblo, es un halago.
Lo de VM creo que es cierto, aunque no soy nada consciente de ello, supongo que estuvo tan interiorizado que surge de forma natural en forma de brotes aquí y allá.
Fíjate que esto lo escribí hace como 15 años o más (uff), y por entonces yo andaba bajo el influjo del primer deslumbramiento de la poesía de Wislawa Szymborska.
Creo que hacen un buen maridaje Vázquez Montalbán y la Szymborska.
Maravilloso
Merci, coeur…