Into the west

by con el viento en las velas

1

No hay oscuridad como ésta
antes de amanecer.
En este momento exacto
entre el pueblo y los campos
abiertos, miro lo poco que se ve.
¿Alguna metáfora por ahí?
¿Algún sentido
en el que deba reparar?
Nada que decir.
Extraño este silencio
dentro y fuera de mí,
este vacío oscuro y todo
lo que lo rodea.
Cuando el viento comienza,
oigo, distingo sin ver,
los cañaverales silvestres
agitados como palmeras,
los campos de maíz,
de trigo, las viñas, los frutales
junto a los ribazos.
Se mueven sus hojas
y mi cuerpo con ellas,
algas y agua que fluyen
en la misma dirección.
Aquí nací y aquí estoy ahora
cuarenta años después.
El tiempo, la memoria
y la imaginación
han hecho todo lo demás.
Esta vida. Ni cientos de años
serían suficientes.

2

La calle en la que viví
hasta bien entrados mis dieciocho.

¿Ves? Ni yo soy
Hollywood Boulevard
ni tú una vieja y rutilante estrella,
pero igualmente están aquí tus huellas.
Yo las conservo. Y eso no puede ser borrado.
¿Recuerdas?
Salvo cuando tirabas al campo
o subías hacia los pinos oscuros de la noche,
por aquí ibas y venías siempre,
dondequiera que fueras:
al colegio, a la plaza, a la fuente…

Las aceras no son las mismas, los vecinos han envejecido.
Todo ha cambiado lo suficiente
para que siga siendo igual y distinto.
Nadie me reconoce a la primera.
Como mucho me confunden
con mi padre, me llaman por su mote.
Luego una algarabía de feria ambulante,
de mercadillo, se desata, me fija en el tiempo
y me devuelve este lugar.

Moncayo sigue estando en la línea del horizonte.
Azul y perfecto,
todavía es el presente continuo de mis días.
Imposible no ver en él
la presencia de lo sagrado, anterior al tiempo.
Stevens lo dijo mejor: Esto es mi padre.

Paso de largo por la casa
donde viví mi vida de niño de piso.
Pero aún levanto los ojos y veo
en las ventanas la luz
que otros encienden ahora.
Desde ese balcón tiré mis juguetes
un día para ver qué ocurría después.
Nadie se asoma, tampoco mi fantasma.

No es que haya estado esperándote.
Es que has vuelto y yo, desde que los romanos
pusieron mi primera piedra de calzada,
estoy aquí para siempre.
No puedo moverme, tampoco quiero.
Imagínate si lo hiciera: qué desconcierto,
qué laberintos resultarían, cuánto desorden gratuito
impondría por un simple impulso:
largarme, navegar, morir.

Sí, ahí había una herrería. Despabílate,
nada va a salir de esa boca de lobo,
ni el ruido del metal contra el metal en el yunque,
ni los gorriones que se colaban
y salían con cualquier viruta de algo prendida del pico,
ni las chispas que no ardían,
ni aquella cara negra como carne de ciruela
que te saludaba levantando siempre la mano.

¿A qué has venido entonces?
¿Qué añoras? ¿Qué has perdido?
¿Qué aire de los tiempos andas husmeando?
¿Qué esperabas encontrar?
¿Alguna resurrección?
¿La ceniza azul de la piedad,
el bálsamo metalizado del aceite prensado
en la oscuridad de un trujal?
¿Toleras bien la exhaustividad de mis preguntas?
¿Preferirías que las resumiese en un solo gesto?
Aquí ya no queda ni el roce de un ala.
Si sabías que no puedes volver,
a qué vienes mareando perdices.
¿No tienes nada que decir?

Si por lo menos tuvieras un caballo…
Llegarías a Nueva Inglaterra y a Nueva York,
Utah, Winsconsin, Nuevo México y Wichita,
las Rocosas, la calle 42,
Pasadena, Río Rojo y Río Grande,
Mississipi, Deadwood,
Sunset Boulevard, Santa Mónica,
San Francisco, Jacksonville, Yosemite,
Death Valley y la pradera americana.
¿Qué crees que sentirás cuando tus manos
acaricien el tronco de una secuoya con su corteza de roca?
Despídete y ve hacia el oeste,
a trote lento, que ya no tienes prisa.

Y estate alerta. Te has dado la vuelta en los mil caminos
que has emprendido, sin inmutarte.
Sé más de ti de lo que te parece, pipiolo.
Tú estás hecho de oscuridad y silencio.

Algo más te digo. Que me hayas dado esta voz,
que me hayas hecho hablar así,
eso no te lo perdonaré nunca. Ya puedes irte.

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