Picnic

by con el viento en las velas

Pensemos en una escena de Seurat, por ejemplo
‘Bañistas en Asnières’, 1884 (201 x 300 cm).
Pero sin el Sena ni en sus orillas
el todo París refrescándose los pies o viendo las barcazas pasar.
Es una estampa madrileña sin puente ni río
a la sombra de un mediodía de primavera
y del hormigón armado de una Facultad
universitaria con aire de novela gótica,
que envejece cada vez que se la mira.
Parece que no conoció tiempos mejores, ni los suyos siquiera.

Imaginad, sobre el césped que invitará a la pereza,
un mantel de cuadros rojo como el vino tinto de la ocasión,
la cesta de mimbre, lo que cada uno
para todos ha cocinado o comprado, los carajillos
y el café con leche en vasos de plástico.
Somos muchos y nada debe faltar.

Recordad que después de dar buena cuenta de todo,
se hicieron más fotografías, bromas, fumamos
maría y discutimos con la despreocupación
y la generosidad de quien tiene toda su vida por gastar.
Alguien durmió la siesta en sopor apretado.
Las horas fueron pasando y se bromea de nuevo,
inspirados (‘¡A ver quién ve el rayo verde…!’),
y esa luz definitiva, milagrosa,
de cuchillo que corta la tarde en dos
ya se está yendo pues es sumamente fugaz.
Se levanta un poco de viento.
Ya casi anochece
y refresca.
El mundo entero está presente aquí mismo
ahora mismo y podemos tocarlo.
Entonces lo que el día dio de sí
se guarda sin voluntad de guardarse,
y lo que queda de él espera a ser consumido.

Recordad que aquellos que tenían algo que hacer
o ya no podían tirar de su cuerpo,
se fueron o habían quedado con otros.
Y los que quedamos nos marchamos
buscando más horas felices entre el ruido de la ciudad,
en un carrusel distinto de bares y tabernas de noche,
hasta que poco a poco, antes
que sólo quedase silencio y ciudad en las calles,
nos fuimos despidiendo hasta el día siguiente.

Recordar que el tiempo, efectivamente,
ha pasado. Pero que no hace tanto
de todo aunque lo parezca.
Esos días son importantes, entre otras cosas,
porque en ellos estuvimos juntos,
porque quizá un día romperemos las copas del brindis del reencuentro
y uniremos los fragmentos cada vez más pequeños
de ese recuerdo común dentro de otro
más personal, vago y general.

Acaso será como, pasados los años (en Londres,
en la National Gallery),
contemplar a los bañistas de Seurat
y asomarme desde el fondo mismo de mi vida
a esa escena de suave luz de otro tiempo fuera del tiempo.

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