con el viento en las velas

Civitas municipium romanorum

Puede que ya no sea así, pero entonces
los pueblos de la redonda decían que estábamos locos:
quien más y quien menos todos habíamos bebido alguna vez
del caño izquierdo de la fuente que había
a la entrada del pueblo.

El agua que alteraba el entendimiento
y la comprensión de las cosas.
Nunca supimos de leyendas o anécdotas
de habitantes anteriores con un talento natural
o esforzado para el delirio.
Quizás todo empezó con una broma:
la mala intención gastada en un tonto,
en un pobre cretino, ya en sí mismo sin remedio.

Joven corazón sin gramática,
no vio claro que la fuente era casi circular
(sin derechas, izquierdas ni centros),
y cuando se le preguntó por qué caño solía beber
y ver sólo tres de los seis,
respondió con severidad que por el izquierdo.

La mala sombra de la broma corrió de boca en boca
como el tendido eléctrico, como la histeria,
como el murmullo de la pólvora
o el del agua acequia abajo,
como la noticia de un delito o de un nacimiento.
Y de un día para otro,
todo un pueblo sano y cuerdo del siglo XX
devinimos hazmerreír continuo.
Dijéramos lo que dijéramos,
hiciéramos lo que hiciéramos,
a ojos de los demás nuestra vida era un disparate.
Y lo mismo daba quedarse que marcharse.

Me marcho del pueblo después de cuidar a mi padre,
después de su muerte.
Me marcho lleno de un vacío
nuevo para mí,
hecho de estupor, agotamiento
y falta de fe.
También lleno de amor y gratitud.
Me marcho como un niño adulto
o como un adulto niño
(no sé, no es lo mismo, qué más da),
habiendo entendido algo
que olvido al instante de tan obvio que es
y a punto de entrar (oh, sorpresa)
en la peor oscuridad.
No puedo siquiera imaginar
lo que me espera
(qué gran misterio es no saber).
Se levanta el telón.
Salgo de esa oscuridad.
Han pasado cuatro años.
Recuerdo lo obvio que olvidé:
sigue siendo válido, es inmutable.
Aquí estoy otra vez.
En el mar respiro
un aire incandescente que me atraviesa,
me llena el pecho hasta el mismo borde,
como el vaso del que he de beber.

Cirugía

Si injertamos en la rama de un manzano
las astillas menudas y acres de un membrillero,
y tiene éxito porque ya está escrito en otros manzanos
que en adelante los frutos serán membrillos…
¿Ve la naturaleza esta ingeniería de la voluntad,
lo advierte acaso el diapasón del manzano?
Cuando el manzano diga adiós a la manzana
y el membrillo bostece, coja el testigo y corra como el viento,
¿quién estará jugando a ser otro: el membrillero,
el manzano, la mano nudosa como el sarmiento
que espera en el bolsillo oscuro de las heridas,
o la boca sudorosa, exhausta
que va transformando el mundo bocado a bocado?

Amour

Ahora mismo
podría abrir tu pecho
y meter mi mano,
tocar
tu corazón,
poner un dedo
en tus latidos oscuros.
Una vez te brillaron
los ojos
lejos de mí,
y me supe mortal.
Ese día
el tiempo se hizo añicos.
Te miro
mientras busco,
y te cierro
mientras cae la nieve
y abajo preparan la navidad.
Me miras
por encima de las copas
pidiendo volver.
Extrañamos el susurro
de las palmeras
y el silencio
que se rompe en nuestra casa
cuando estamos
juntos.

Árbol de la vida

El árbol ha vuelto a dar un estirón,
se aprecian estrías nuevas como cicatrices.
Y las ramas han engordado como nunca antes,
parecen músculos de una anaconda
que reptase por el mismísimo aire,
aunque sus extremos sean tiernos, flexibles, dóciles.
Desde el cómodo salón observo.
No se oye nada en absoluto,
pero el viento agita las ramas con furia.
Nada puede ser zarandeado
en tantas direcciones casi simultáneamente.
Repentinamente algo comienza a suceder
que cambia el curso de la tarde para siempre.
Algo perfectamente instalado en un lugar
hasta ahora invisible, aparece,
se sienta a mi lado,
me observa desde su oscuridad.
Compruebo entonces que está aquí
para coger mi mano y mirarme directamente a los ojos.
Me trae un conocimiento nuevo, no un regalo.
Sin saber si respondo a un eco que llega de fuera
o si emerge del interior de mí mismo,
se produce un reconocimiento,
un asentimiento.
Hay una transferencia tan violenta de pánico,
de animal desmembrado sin compasión en dos segundos,
que es como ácido que me disuelve.
Todo ha cambiado para siempre.
El miedo es este terror a estar vivo, este exilio
que no me lleva a ninguna parte,
este pasillo sin luz ni amor que comienza.
Las palabras futuro, imaginación, misericordia
han desaparecido, no están.
Árbol de la vida, ¿dónde está el mundo,
mi lejano exterior, mi lejano interior?

Adiós

Las tiranías más comunes tienen su modo
y su reino, donde habitan.
La espera, con su corteza de nicotina
y alquitrán almidonado.
El encuentro, donde sea,
y la ciudad entera recibiendo.
La despedida (mañana, ayer),
que a veces es como si no lo fuera.
Pero otras, cuando se vuelve a casa
desde la estación o el aeropuerto
(cuándo fue la última vez que vinimos por aquí),
sin ver claro cómo se sigue,
dónde continua la danza de la vida,
cuándo se cierra el paréntesis que acaba de abrirse,
qué significa ser, estar…
Esas veces nos dejan extrañamente a solas,
de pie en nuestra propia habitación.
La chimenea inservible de mármol rosado;
el espejo encantado
con sus fantasmas de los últimos días;
las ventanas sin expresión
como ojos de tiburón;
la tarima que cruje sin motivo,
sin que nadie pise.
Todo igual, todo distinto.
No es que estorbemos,
es más sencillo: todavía no estamos.

Rompe una flor la resistencia del aire,
se derrama el humo invisible del aroma.
Los frutos de su vientre desordenados en el suelo.

Parte un viajero, se va, se marcha en su barco,
abre el mar en dos, se aleja y desaparece.

Y la rama desnuda se puebla de éxito y novedad anticipada,
de ornamento sin ornamento, de ser porque sí.

Y la roca rompe la ola en una claridad que vuela,
cae en fragmentos que se juntan y se recogen
en un brote nuevo alambrado de agua.

Arrojamos cenizas al viento y el aire
arde de rabia para aliviar nuestro dolor.

Olvido de uno mismo

Qué felicidad absoluta es no ser nadie
y estar en casa leyendo mi vida
en las vidas que otros han escrito
por nosotros para nosotros.

Qué maravilla no ser nadie en absoluto,
no estar obligado a nada,
tampoco a terminar esta página
donde me quedaré a vivir un tiempo,
como el muérdago en el almendro.

Ahora como entonces

Porque una carta llega, o alguien llama,
y se recuerdan los versos de un poeta
—recuerdo/ qué poco amé
a quien me amó
/y entonces/ quisiera marcharme…

Más lejos de entonces que ahora
no puedo estar.
Pero el caso es que tampoco más cerca.

Qué se hizo de todo y de todos nosotros.
Si fuese como volver a nado
mientras todos duermen, liberar a la moza
y partir sin ser sentido,
con el viento en las velas…

Dónde quedaron la noche tranquila
y el cuerpo en sueños
volviendo a lugares que bien conoce,
donde encuentra paz.

Yo, que me acuerdo de todo,
os recuerdo a todos.
Y recuerdo también lo bello y lo triste,
sonríe sin piedad en noches
como ésta que corta como una hoja de papel,
por accidente.

Juegos de cama

Sábanas de crudo hilo blanco
bordadas con nuestros nombres.
Sábanas para reyes, príncipes
o mendigos soñadores,
hechas a mano, bordadas a mano
para celebrar una unión:
el amor por encima de todas las cosas.
Del yunque que vuela y cae
por su propio peso con estrépito;
del trigo verde que nos dará el pan;
de la gracia, la dicha y el miedo
que todavía se esconden en el oscuro parque
de nuestra infancia;
de la lluvia que ahora mismo cae tan despacio
que parece fluir desde siempre,
o derramarse como algo que estuviese muriendo
o preparándose para nacer.
Todo transcurre a velocidad indecible
y ya la edad
toca sus extremos.
Desde aquí la misma distancia hay
al parque donde jugábamos
que al paseo marítimo donde corremos
y, un día, pasearemos.
Toda la lluvia del universo
parece estar bendiciendo el tiempo
cansado, todos los años, todos los días
acumulados que duermen con nosotros
y nos envuelven en sus sábanas.
Ahora estamos protegidos,
somos invisibles en la oscuridad del cuarto.
Si no se nos para el corazón
ni un asesino en serie decide visitarnos
en mitad de la noche,
seguiremos dormidos hasta que despertemos
de forma natural a la misma vida
con luz de día.

Noviembre

San Google, que estás en los cielos,
dime dónde estoy,
que ni me siento ni me encuentro.

Espejito, espejito,
dime cómo me llamo,
que me veo y no me reconozco.

Escucho un blues, un cuarteto, un bolero…
no importa qué,
nada en ellos me parece exagerado.

¿Estoy perdido?

Picnic

Pensemos en una escena de Seurat, por ejemplo
‘Bañistas en Asnières’, 1884 (201 x 300 cm).
Pero sin el Sena ni en sus orillas
el todo París refrescándose los pies o viendo las barcazas pasar.
Es una estampa madrileña sin puentes ni río
a la sombra de un mediodía de primavera
y del hormigón armado de una Facultad universitaria
con aire de novela gótica,
que envejece cada vez que se la mira.
Parece que no conoció tiempos mejores, ni los suyos siquiera.

Imaginad sobre el césped que invitará a la pereza,
un mantel de cuadros rojo como el vino tinto de la ocasión,
la cesta de mimbre, lo que cada uno
para todos ha cocinado o comprado, los carajillos
y el café con leche en vasos de plástico.
Somos muchos y nada debe faltar.

Recordad que, después de dar buena cuenta de todo,
se hicieron más fotografías, fumamos maría
y discutimos con la despreocupación
y la generosidad de quien tiene toda su vida por gastar.
El futuro era un libro más por leer.
Alguien durmió la siesta en sopor apretado
y las horas siguieron pasando: se bromea de nuevo,
inspirados (‘¡A ver quién ve el rayo verde…!’),
y esa luz milagrosa de fin de tarde
ya se está yendo pues es fugaz.
Se levanta un poco de viento.
Ya casi anochece
y refresca.
El mundo entero está presente aquí mismo,
ahora mismo, y podemos tocarlo.
Entonces lo que el día dio de sí
se guarda sin saber que será un recuerdo,
y lo que queda de él espera a ser consumido.

Recordad que aquellos que tenían algo que hacer
o ya no podían tirar del cuerpo,
se fueron o habían quedado con otros.
Y los que quedamos nos marchamos
buscando más horas felices entre el ruido de la ciudad,
en un carrusel distinto de bares y tabernas de noche,
hasta que poco a poco,
antes de que en las calles sólo quedase
silencio y ciudad,
nos fuimos despidiendo hasta el día siguiente.

Recordar que el tiempo, efectivamente, ha pasado.
Pero que no hace tanto de todo
aunque lo parezca.
Esos días son importantes porque en ellos estuvimos juntos,
porque quizá un día
romperemos las copas del brindis del reencuentro
y uniremos los fragmentos de ese recuerdo común
con otros más personales, vagos y generales
de lo que ha venido después.

Acaso será como, pasados los años (en Londres,
en la National Gallery),
contemplar a los bañistas de Seurat
y asomarme desde el fondo mismo de mi vida
a esa escena de suave luz de otro tiempo ya fuera del tiempo.

Arte poética

Fuera de esta habitación iluminada
ocurre casi todo lo que merece la pena.

Aquí dentro hay un ordenador encendido,
una taza de café con leche
y un vaso de agua
(ya no hay cigarrillos ni ceniceros),
hay libros y películas,
hay carpetas y folios sueltos ordenados
y desordenados,
hay una atmósfera que se impone
y que emana posiblemente de mí:
cumple su función
incluso cuando corta como un cuchillo.

Cuando era niño escribí en un diario
(sólo una página, como un testamento,
no continué),
que el día había sido perfecto.
Todo lo que enumeré estaba dentro de casa.
Hoy tengo cuarenta años.

Fuera de esta habitación ya está todo iluminado.
Apago la luz y sigo con lo que estaba haciendo
vagando por el norte, el sur, el este o el oeste.

Entonces una vibración atraviesa el aire
como una lanza arrojada desde la espesura.

Blues del gentilhombre

Smoking, drinking,
never thinking of tomorrow

Ella Fitzgerald

La noche fue ayer un ejemplo excelente de encuentro
propicio y bien empleado.
Se lo merecían el cuerpo y la ocasión,
un modo impreciso y casual como todos de conocerse.

Amanece. Bien sabemos todos
que no siempre es poderoso quien duerme al lado
al día siguiente. En cambio tú
pareces hecho a propósito, capaz de ser
más aún, de noches todavía mejores,
distintas de ésta
que hemos gastado en gruesas raciones.
Por eso ninguno merece este revuelo
amanecido en los corredores del día,
esta turba infame de ave diurnas: gorriones bulliciosos,
golondrinas enajenadas, alfombras aventadas
y los helicópteros de la OTAN uniéndose al estrépito.

Parece imposible que todos
se hayan despertado al mismo tiempo.
Acaso, por lo que sea, la simple irritación que provocan
encuentra en quien cebarse.
Tú, mientras, duermes todavía medio abrazado
a mí y a quién sabe qué más.
Quizá al día anterior…

Ignorantes el uno del otro,
presentados por conocidos comunes, un instante después
qué bien se aprovecharon los afortunados
minutos de seducción, los gestos
apurados del instinto, dejarse llevar
por avenidas y calles recién regadas,
quedarnos parados frente a un escaparate
manchados de luz de neón: tu cara roja,
la mía azul, nuestras manos amarillas
espantando las pelusas violáceas de los chopos.
Ya muy lejanos los ventiladores del café, su terraza
escalonada apenas iluminada por globos luminosos
y faroles, los vecinos de mesa intratables
­y la viaja canción americana…
La noche templada, después de pagar,

más hermosa desde el portal,

se agita ahora mismo en la mirada tierna
a la que medio respondo
en el desayuno con café con leche, agua y cigarrillos.

Abre pues las ventanas y abre las puertas,
que la ciudad nos lleve en su pulso
y estar juntos sea
ir sonriendo como benditos radiantes por las calles
mientras los demás van con lo suyo,
como en una ficción cortada a la medida
exacta del momento,
de la luz que emana de tu cuerpo y el mío
cuando brillamos y nos reímos
por el simple hecho de tropezar y caer
el uno en el otro,
despreocupados y felices, dichosos
y perdidos, enmarañados en la risa de uno
y el silencio expectante del otro.

Lejos de los árboles

Después de tanto tiempo, aquí está
de nuevo el paisaje al que alguna vez se guardó rencor.
Casi como era debe ser todavía
si no fuese porque algo
tiene que haber cambiado desde entonces.
Como con una canción medio olvidada,
volver sería como tararear los fragmentos
que se recuerdan, completando
lo que falta atendiendo más al espíritu que a la letra.

Parece que mi querida prehistoria
todavía despierta en mí cierta curiosidad retrospectiva.
No es extraño, al fin y al cabo, aquel niño
irresponsable me estuvo caracterizando poco a poco,
entre fugas mentales y frecuentes hemorragias nasales.

Hoy recuerdo todo el primer tiempo,
y ciertos recuerdos entre otros porque así
es siempre. Pero pienso,
sin comprender muy bien por qué exactamente,
si bastaría para algo aquel lugar
único como todos, su aire inequívoco.

Aquel lugar tal y como lo conocí y sus inmediaciones,
fue sobre todo el bosque incierto de un parque,
niños en pantalones cortos entre los pinos,
a veces improvisadamente armados,
también yo vagamente irreal.
Travesuras de espíritus enconados, la nota chillona
en algún graznido de picaraza, o de abubilla,
nombres (Juan Cruz, Alberto, Martín, Mario, Berta…)
y nuestras pequeñas cumbres de infusa sabiduría infantil.

Entre los pinos estaba la Piedra de los Moros.
Intacto en el recuerdo su tamaño,
hoy ridícula seguramente, imposible parecería
que a su pie buscáramos con ahínco,
con vehemencia algo impostada, las joyas
engastadas en las empuñaduras de las espadas orientales,
los esqueletos moros, sus armaduras, sepultados
bajo la roca desprendida por el roce tenue
de un dedo sobrenatural: el berrinche protector
de una Virgen llena de Gracia, encantada y absurda.

La Casa China y los mejores huertos, junto al río,
pertenecían a otro barrio, otro mundo. Pero alguna vez,
volviendo de otro sitio, en las noches de verano
hicimos alguna incursión para robar fruta,
o por el simple hecho, no del todo consciente,
de querer saber cómo se está o es uno de noche
en los lugares que conoce y en aquellos que no.
Recuerdo el rozar seco de nuestros pies con la hierba,
el plumaje áspero y transparente de los cañaverales
agitados por una brisa bajo otra luz.
Sin ser nada más, las cosas y las horas intempestivas
nos situaban en extraños límites.

Allí, en algún lugar de aquel tiempo,
debe hallarse la primera intuición inencontrable,
como el lomo oscuro de un animal marino
o fantástico que desaparece
y vuelve un instante a la superficie
matizado por la luz que justo en él se enciende.

Recuerdo que más de una vez volví entre los pinos,
lejos del hogar buscando un respiro en la noche solitaria,
en silencio admirable e idiota, lamentando,
por ejemplo, el exceso de tener quince años,
o los amores de vista y los apenas más cercanos,
mezclando como sólo un adolescente sabe
las espumas del placer y los pórticos del tormento.
Quizá, en algún momento, hubiera sido posible
la virtud de contempler mon coeur et mon corps…?
No creo que este paisaje quiera verme volver.

Y luego están todas las pequeñas cosas,
pequeños detalles de nada.
Recuerdo algunas tardes tras los cristales húmedos,
la primera felicidad extraña de reconocerse
parcialmente en alguien,
una temprana pornografía en restos todavía suficientes.
Del colegio me queda el viejo conflicto
entre la sangre nueva y la vieja,
mediocre, beata, mala de puro vencedora,
representada por profesores pulcros
de guantazo implacable pegados al fino bigotito,
sus esposas de la femenina sección,
mediocres, beatas, sádicas de puro vencedoras.
Mas de todo se sale y va por ellos mi sin perdón.
Están los recuerdos de otros, que fueron
y son míos de otro modo (historias de la madre;
el abuelo trastornado sin parecerlo —la sangre
corría calle abajo en la guerra).
O desde anales lejanos, no sé,
el mito griego de la esfinge o aquel de Platón,
nuestro origen divino y olvidado,
toda la vida para reencontrarlo o un momento
de lucidez para rechazarlo, a pesar de su belleza.

Desde el balcón, la calle misma
o la estación, vendrían las despedidas a alguien que se iba
—a mí algunas veces, acompañado
de un ‘no cambies nunca’—,
para quien se agitaban las manos, nunca los pañuelos.

Lejos en otro lugar, tumbado junto una profusión insultante
de reflejos —en las orillas, en las hojas—
donde el río se sabe sin verse…
Sabes bien que una imagen
tuya en el agua corriente, aunque no hace daño,
no devuelve nada
y menos aún dice, por mucho que un río
haya simbolizado tradicionalmente el discurrir del tiempo,
sea escenario sagrado para tropezarse
en el monólogo interior y otros excesos.
Si bien las cosas que se mueven, que sobrevienen
o se van, lo mismo que el quietismo
o lo que se repite, tienen algo hipnótico que nos atrae.

De la sierra volviendo a casa, atravesando la plaza
que esta tarde atestada de palomas
se preparaba para la verbena.
El suelo de adoquín húmedo y sucio, las fachadas apagadas.
A todos los jolgorios les llega su fin de fiesta,
la misma tristeza quieta que en las ferias
y parques de atracciones antes de amanecer,
el mismo golpe de viento felliniano de ida y vuelta
nos coloca en un momento de debilidad
en el corazón de nuestros corazones,
como un trasunto desdibujado que nosotros mismos.

El balcón está abierto y a esta habitación llega
un silencio nuevo roto por fragmentos de una copla famosa
medio olvidada. No es otra fiesta,
empieza la jornada para los barrenderos municipales.

Apago la luz y enciendo lumbre.
El chasquido del mechero hace un quiebro
en el silencio mientras apuro la llama y el humo
en volutas desaparece en la oscuridad del cuarto.

El último cigarrillo es la medida del día que termina.
Todo un único y tenue vaivén en el pensamiento,
o es quizá todo el pensamiento del tiempo mismo.

En los mares del sur (viajes y aventuras)

Sigues soñando, pequeño inútil.
Has quemado naves,
has puesto kilómetros de por medio,
que nunca parecen suficientes.

Quizá algún día puedas recuperar
algo casi perfecto: la tranquilidad
de habitar ruinas o paraísos.
Mientras, apaga la luz si te atreves.

Una perspectiva

Por qué tuve que irme tan lejos.
¿Tan mal estaba donde estaba?

Los pasos que me llevan,
¿están hoy más cerca
de aquello que estaba esperándome en tal o cual parte?

La suma de mis instantes vividos,
¿es igual a la suma
de los instantes no vividos en mis vidas interrumpidas?

De la vida admiraba que fuese una promesa
en continuo movimiento.

Hectáreas

El sol, los tolmos duros de tierra
sobre los que nos sentábamos a almorzar.
El calor hasta en la sombra.
Mi padre intentaba romper el encantamiento
de nuestro enfado contando
cualquier cosa:
un recuerdo de juventud,
un deseo proyectado en un futuro
lejano o en el fin de semana siguiente.
Nuestras caras lo decían todo
aunque no nos atreviésemos a decir nada
—ya comportarse así era una osadía.
Él, en cambio, parecía mucho más joven,
más vivo que nosotros.
Mientras masticaba el almuerzo,
un trozo se me cayó de la boca
al bajar la cabeza
para seguir mirando al suelo.
De repente él sonríe y dice
‘¿A que parece que se te ha caído
el bocadillo entero?
Aunque sigas comiendo ya no te alimenta igual’.
Murmuré algo que era un sí,
pero no lo parecía.
Sin verlo, supe que él seguía sonriendo,
esperando mi reacción que no llegaba.
Un abrazo estaba fuera de lugar,
pero cualquier otra cosa me parecía poco.
Sonreír de vuelta hubiese bastado
pero la juventud es mezquina
si cree que puede perder una ventaja.
Volvimos a las matas que a nuestros ojos
se perdían en el horizonte.
El sol parecía caer sólo sobre nosotros.
Y el silencio. Debíamos ser
los únicos en seguir allí encorvados cavando.
Al ángelus acabamos.
Él volvería por la tarde,
nosotros podíamos quedarnos en casa.
En la furgoneta, de vuelta,
su mirada decepcionada, perdida y transparente.
No dejé de hablar en todo el camino.
Pregunta, respuesta, pregunta, respuesta.
Cuando me acosté, dos películas subtituladas
después, él roncaba dramáticamente.
Juventud: arrepentimiento, vergüenza, gratitud.
Entonces yo no usaba tapones,
me quedé dormido al amanecer,
cuando él volvía a marcharse, cerraba
la puerta con su mano llena de vida.
La casa, como el dibujo puro
y esquemático de un niño,
queda a la espera, a solas, inánime.
Las ventanas abiertas de par en par,
el sol, la luz
(que lo es todo siempre)
entrando en silencio en las habitaciones,
haciendo visibles lentamente
los cuerpos dormidos, abriendo
nuestros ojos cansados llenos todavía de sombra.

Into the west

1

No hay oscuridad como ésta
antes de amanecer.
En este momento exacto
entre el pueblo y los campos
abiertos, miro lo poco que se ve.
¿Alguna metáfora por ahí?
¿Algún sentido
en el que deba reparar?
Nada que decir.
Extraño este silencio
dentro y fuera de mí,
este vacío oscuro y todo
lo que lo rodea.
Cuando el viento comienza,
oigo, distingo sin ver,
los cañaverales silvestres
agitados como palmeras,
los campos de maíz,
de trigo, las viñas, los frutales
junto a los ribazos.
Se mueven sus hojas
y mi cuerpo con ellas,
algas y agua que fluyen
en la misma dirección.
Aquí nací y aquí estoy ahora
cuarenta años después.
El tiempo, la memoria
y la imaginación
han hecho todo lo demás.
Esta vida. Ni cientos de años
serían suficientes.

2

La calle en la que viví
hasta bien entrados mis dieciocho.

¿Ves? Ni yo soy
Hollywood Boulevard
ni tú una vieja y rutilante estrella,
pero igualmente están aquí tus huellas.
Yo las conservo. Y eso no puede ser borrado.
¿Recuerdas?
Salvo cuando tirabas al campo
o subías hacia los pinos oscuros de la noche,
por aquí ibas y venías siempre,
dondequiera que fueras:
al colegio, a la plaza, a la fuente…

Las aceras no son las mismas, los vecinos han envejecido.
Todo ha cambiado lo suficiente
para que siga siendo igual y distinto.
Nadie me reconoce a la primera.
Como mucho me confunden
con mi padre, me llaman por su mote.
Luego una algarabía de feria ambulante,
de mercadillo, se desata, me fija en el tiempo
y me devuelve este lugar.

Moncayo sigue estando en la línea del horizonte.
Azul y perfecto,
todavía es el presente continuo de mis días.
Imposible no ver en él
la presencia de lo sagrado, anterior al tiempo.
Stevens lo dijo mejor: Esto es mi padre.

Paso de largo por la casa
donde viví mi vida de niño de piso.
Pero aún levanto los ojos y veo
en las ventanas la luz
que otros encienden ahora.
Desde ese balcón tiré mis juguetes
un día para ver qué ocurría después.
Nadie se asoma, tampoco mi fantasma.

No es que haya estado esperándote.
Es que has vuelto y yo, desde que los romanos
pusieron mi primera piedra de calzada,
estoy aquí para siempre.
No puedo moverme, tampoco quiero.
Imagínate si lo hiciera: qué desconcierto,
qué laberintos resultarían, cuánto desorden gratuito
impondría por un simple impulso:
largarme, navegar, morir.

Sí, ahí había una herrería. Despabílate,
nada va a salir de esa boca de lobo,
ni el ruido del metal contra el metal en el yunque,
ni los gorriones que se colaban
y salían con cualquier viruta de algo prendida del pico,
ni las chispas que no ardían,
ni aquella cara negra como carne de ciruela
que te saludaba levantando siempre la mano.

¿A qué has venido entonces?
¿Qué añoras? ¿Qué has perdido?
¿Qué aire de los tiempos andas husmeando?
¿Qué esperabas encontrar?
¿Alguna resurrección?
¿La ceniza azul de la piedad,
el bálsamo metalizado del aceite prensado
en la oscuridad de un trujal?
¿Toleras bien la exhaustividad de mis preguntas?
¿Preferirías que las resumiese en un solo gesto?
Aquí ya no queda ni el roce de un ala.
Si sabías que no puedes volver,
a qué vienes mareando perdices.
¿No tienes nada que decir?

Si por lo menos tuvieras un caballo…
Llegarías a Nueva Inglaterra y a Nueva York,
Utah, Winsconsin, Nuevo México y Wichita,
las Rocosas, la calle 42,
Pasadena, Río Rojo y Río Grande,
Mississipi, Deadwood,
Sunset Boulevard, Santa Mónica,
San Francisco, Jacksonville, Yosemite,
Death Valley y la pradera americana.
¿Qué crees que sentirás cuando tus manos
acaricien el tronco de una secuoya con su corteza de roca?
Despídete y ve hacia el oeste,
a trote lento, que ya no tienes prisa.

Y estate alerta. Te has dado la vuelta en los mil caminos
que has emprendido, sin inmutarte.
Sé más de ti de lo que te parece, pipiolo.
Tú estás hecho de oscuridad y silencio.

Algo más te digo. Que me hayas dado esta voz,
que me hayas hecho hablar así,
eso no te lo perdonaré nunca. Ya puedes irte.

Paciencia

Desde mucho antes de nacer,
la vida general de todos
y la de cada uno en particular
está condicionada por pequeños detalles de nada
y por verdaderos hechos mayores.

Ocurre tanto y tantas cosas
que no existe nada
que decir pueda:
‘Fuera estoy de todo radio de acción’.

Lo primero son dos cosas.
Poder no estar aquí, que es casi del todo nada,
y (como fijación personal) el grito
enajenado de las golondrinas en primavera.

Luego está el hecho de ser y ser educados.
Básicamente
ciertos modos de ser y de estar,
alguna certeza en la que apoyarse provisionalmente
y las promesas que habitualmente se desprenden,
con sus matices y sus claroscuros.

Y a partir de ahí ya se es para siempre
todo eso que somos.
Querido por ser nuestro, sin otra oportunidad,
sin que importe, en adelante
viviremos de un dilatado y neutro apremio.

Tiempo después,
cuando ya no nos acordemos,
en un instante
se olvidarán tantas cosas.
Y lo mismo tanto más quedará pendiente,
a cada momento abandonado
sin razón, o por falta de fe o de voluntad,
o por cualquier otra obligación,
por lo demás peregrina y marcesible.

Habrá lugar a lo largo y ancho para abrir
la boca muchas veces.
(No es bueno que el hombre esté solo.
Qué bien se está cuando se está bien.
Conócete a ti mismo.
É solo il vento a sapere dove
va il surf e il surfista.
Quiero verte siempre.
Una luz se ha encendido en esa habitación.
No disparéis, soy gente.
Raskólnikov pensaba…).

Alguien escribirá que quien ha sonreído
está salvado. Uno, antes, dirá
que todo hombre termina matando
aquello que ama.
Otro vendrá para advertir que el tiempo
es esférico (no hay salida).
Y en su culminación de personaje
de novela, alguien deseará
‘nostálgicamente el frescor de un poco de agua
japonesa sacada de un pozo’.
No sé, es posible
—escucha uno tantas cosas.
Veremos qué pasa.

Una sencilla pregunta (adónde se fue la voracidad,
qué tiene un objeto que lo guardamos)
será un pozo sin fondo.
Y la evidencia más simple
(una rosa en un vaso sólo es una rosa en un vaso
—qué tendrán las rosas que dan tanto que hablar)
será como si estuviera por encima
de todos nosotros inaccesible
en una especie de crepúsculo ultraterreno.

Y ya en otro plano, poniendo a prueba
la elasticidad de las probabilidades en principios
y perspectivas diversos:
el iusnaturalismo, el centro de la tierra
(¡y los tripulantes de la MIR!),
la estela de un cometa, la cadena del ADN,
la contaminación ambiental,
no haber chocado (ni  rozado siquiera)
con la ruina de meteoro como estaba previsto
o, simplemente, algo en el aire
que se huele y todavía no está del todo.

Las cosas son como son, quién lo duda.
Y nosotros, por lo heredado,
por lo adquirido, también somos como somos
y estamos donde estamos.
Pero al final dónde terminaremos,
cómo acabaremos,
no sabemos asegurarlo todavía.
Algo nos olemos,
pero quién no tiene puestas esperanzas.

En cualquier caso, sea cual sea el resultado
de la suma y la resta de las partes,
será poco a poco y por múltiples razones.
Las raíces son muy profundas.
Pero la pasta de que estamos hechos
hace que vayamos muy por detrás de nosotros mismos.
Tan lejos, tan cerca. Paciencia (y tiempo).

Aventura

Una noche huí de la casa,
el piso donde cinco almas
vivíamos unidas
para siempre.
Perplejo por estar vivo todavía,
por comprender
sin el alivio del remedio.
Cansado del ruido,
de las disputas —el rayo
y el trueno en la propia casa
y el silencio como el hielo
y todo lo tuyo que callas—, ­
de la luz cegadora en el salón,
en la cocina, en el pasillo.
Tanta luz, tantas voces.
Un sencillo ‘Ahora vuelo’
fue dicho sin ser sentido
o, más bien, se le consentía
a quien poco había que reprochar.
Salí sabiendo que volvería.
Liberación de caminar de noche
entre los árboles, igual
que de caminar
desnudo a plena luz por el campo
—el sol en la vid y el aire
caliente en la piel.
No se vuelve a ser el mismo después:
algo se abre
y nunca más vuelve a cerrarse.
En lo más profundo de los pinos,
adonde sólo se va a propósito.
Recuerdo la certidumbre
de pertenecer a ese lugar,
mi silencio al descender,
los troncos altísimos crujiendo
y meciéndose como mástiles
a punto de zarpar, las copas
oscuras entreabriendo el cielo,
y el suelo como pisar
sobre sacos vacíos
o sobre maraña,
o como abrirse paso a través de un moral.
Tendido en el suelo
en mis ojos cerrados flotaba
el mundo y la vida seguía su curso.
Todo lo que he perdido
anda por allí,
entre los pinos, las picarazas y las abubillas,
un puñado de huesos
sueltos, esparcidos, solitarios,
indescifrables sin su engarce original.
Quien haya vivido sabrá
verlos, leer en ellos como en la palma
de la propia mano, y no decir
y sí callar al irlos señalando
con el dedo silencioso que sigue, traza o crea
de la nada un itinerario
removiendo cosas olvidadas.