Civitas municipium romanorum

por con el viento en las velas

Puede que ya no sea así, pero entonces
los pueblos de la redonda decían que estábamos locos:
quien más y quien menos todos habíamos bebido alguna vez
del caño izquierdo de la fuente que había
a la entrada del pueblo.

El agua que alteraba el entendimiento
y la comprensión de las cosas.
Nunca supimos de leyendas o anécdotas
de habitantes anteriores con un talento natural
o esforzado para el delirio.
Quizás todo empezó con una broma:
la mala intención gastada en un tonto,
en un pobre cretino, ya en sí mismo sin remedio.

Joven corazón sin gramática,
no vio claro que la fuente era casi circular
(sin derechas, izquierdas ni centros),
y cuando se le preguntó por qué caño solía beber
y ver sólo tres de los seis,
respondió con severidad que por el izquierdo.

La mala sombra de la broma corrió de boca en boca
como el tendido eléctrico, como la histeria,
como el murmullo de la pólvora
o el del agua acequia abajo,
como la noticia de un delito o de un nacimiento.
Y de un día para otro,
todo un pueblo sano y cuerdo del siglo XX
devinimos hazmerreír continuo.
Dijéramos lo que dijéramos,
hiciéramos lo que hiciéramos,
a ojos de los demás nuestra vida era un disparate.
Y lo mismo daba quedarse que marcharse.

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